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¿Por qué el estrés duele, daña la salud y a las organizaciones?

Estamos tan habituad@s a vivir corriendo de un lado para otro, intentando cubrir las expectativas en el trabajo y en la familia, y, cargando con la frustración de no lograrlo, que el estrés se ha convertido en una cuestión prácticamente inevitable.

Además, la padecemos sin ser conscientes de sus implicaciones en nuestra salud. Tardar en conciliar el sueño o dormir mal, problemas digestivos, dolores cervicales, migrañas,…son producidos por el estrés. Incluso, hoy en día, sabemos, que el estrés crónico aumenta el riesgo de sufrir enfermedades más graves como la diabetes, la depresión, la úlcera de estómago o cualquier enfermedad infecciosa, ya que el estrés crónico, provoca la inhibición del sistema inmunitario.

Por otro lado, el estrés no solamente hace sufrir a las persona que lo padece sino que tiene también, un repercusión en toda la organización. Las personas estresadas ven reducida su capacidad de atención y concentración, restando eficiencia a su trabajo. En ocasiones, se sienten tan presionadas, que reaccionan desmesuradamente ante pequeñas frustraciones, dañando las relaciones con las demás personas. Además, el estrés tiene la capacidad de limitar nuestra perspectiva, cuando estamos sobreviviendo apenas podemos distinguir lo importante de lo que no lo es, se nos escapan detalles que, en un proceso de toma de decisiones, pueden ser vitales.

 Pero, ¿qué es el estrés?:

El estrés es un increíble sistema de respuesta ante una situación amenazante. Hemos convivido con el estrés y nos ha servido para sobrevivir a peligros desde el inicio de los tiempos. Cuando aparece la amenaza, comienza el espectáculo: se pone en marcha una movilización inmediata de la glucosa de las células y los órganos en los que se almacena, hacia los músculos implicados en salvarnos de la situación. Aumenta el ritmo cardíaco y la presión sanguínea, para transportar los nutrientes con mayor rapidez. El cuerpo paraliza los procesos innecesarios en ese momento crítico, como el proceso digestivo, se inhibe el crecimiento, la actividad reproductora y la actividad del sistema inmunitario. Es un sistema de emergencia que, en nuestros tiempos neanderthales, se activaba cuando aparecía un león y se desactivaba para volver al equilibrio una vez que lográbamos escapar. Sin embargo, en la actualidad, no nos enfrentamos habitualmente a peligros físicos. El mismo sistema se pone en marcha ante el pensamiento de que no voy a llegar a cumplir un plazo de entrega, la incertidumbre sobre la capacidad de pago de la hipoteca, el problema con un compañero de trabajo, etc. porque no distingue una amenaza física de una psicológica. Son situaciones que detectamos como amenazantes pero que no desaparecen rápidamente (pueden duran semanas, meses o años), impidiéndonos volver al equilibrio y, por tanto, nos mantienen en estado de emergencia de forma prolongada llevándonos al agotamiento y a la enfermedad.

Según la OSHA, la agencia europea para la seguridad y la salud en el trabajo, las personas experimentamos estrés en el trabajo cuando percibimos un desequilibrio entre lo que se nos demanda y los recursos que tenemos disponibles para cumplir esa demanda.

El estrés crónico cuesta más de 600 billones al año a las empresas estadounidenses. En Europa, el estrés en el trabajo es uno de los grandes retos del área de salud y seguridad laboral y ya en 2005 era la segunda causa de baja, afectando al 22% de los trabajadores por cuenta ajena y el 25% de los autónomos. Por sectores, los sectores de la salud y la educación, son los que padecen unos mayores niveles de estrés.

  ¿Cómo controlar el estrés?

Nuestra vulnerabilidad o resiliencia ante el estrés laboral depende mucho de nuestros hábitos. Esto tres pueden ayudarnos a desarrollar una mayor habilidad para gestionarlo:

Ejercicio físico: El ejercicio, realizado con frecuencia, sin excederse, es bueno para la salud y nos carga de energía, sin embargo, no es eficiente a la hora de reducir el estrés si no es algo que realmente queremos hacer. Si vamos de mala gana y por obligación al gimnasio, no veremos el mismo reflejo positivo en nuestra salud. Es mejor elegir una actividad física que nos guste.

Meditación: Meditar tiene un increíble poder para poner calma cuando el caos se apodera de nuestra mente. Meditar no es poner la mente en blanco. Es atender a la respiración, observando su ritmo e intensidad en una parte concreta del cuerpo, como el abdomen, el pecho o las fosas nasales, sin pensar si estamos respirando demasiado rápido o demasiado lento, sin juzgarnos, simplemente observando, durante 15 minutos, todos los días. Si nos distraemos, traemos de nuevo la atención, con amabilidad, a observar la respiración en el punto del cuerpo que hayamos elegido.

 Y, dormir bien. Es una paradoja si ya estamos sufriendo estrés porque, probablemente, no logremos conciliar un sueño de calidad, despertándonos varias veces durante la noche o tardando mucho tiempo en conciliar el sueño desde que nos metemos a la cama…Sin embargo, debe de ser uno de nuestros objetivos y podemos poner todo de nuestra parte para que así sea, acostándonos pronto, evitando llevarnos el teléfono móvil a la cama, cenando ligero y al menos hora y media antes de acostarnos,…Recordar tres momentos en los que nos hayamos sentido bien, a gusto, durante el día, también puede ayudarnos a descargar la mente y re-enfocar la atención en la parte positiva de la jornada. Para la gente ya iniciada en la meditación, el ejercicio del escaner corporal antes de irnos a dormir puede ser de gran ayuda.

El mundo va a seguir siendo como es, caótico, rápido, incierto. Luchar contra esta situación es como hacerlo contra molinos de viento. El único poder que tenemos es cambiarnos a nosotr@s mism@s, cambiar nuestra reacción ante ese mundo. Tenemos la libertad de elegir cómo queremos vivir: en calma, siendo nuestra mejor versión, o con estrés. Cuidarnos es cuestión de sentido común. Ha llegado el momento de cambiar nuestros hábitos. Haz de ello una prioridad: empieza hoy, mejor que mañana.

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